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Temprano,
aquella mañana de invierno, me asomé a la ventana de mi
habitación. La noche se cernía sobre Granada aunque a lo
lejos, sobre las cumbres blancas de Sierra Nevada, ya se adivinaba el
amanecer de un nuevo día. Cogí mi forro polar de la mochila y
bajé a la cafetería del hostal. Allí, acompañado de
una taza de café, discutimos todo el grupo junto al piloto, el plan de
vuelo que íbamos a seguir aquella fría mañana. La noche
anterior no había dado tiempo, las presentaciones y unas cuantas
botellas de vino tinto dieron paso a un reconfortante sueño.
Estábamos agotados. |
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Serían las siete de la mañana cuando los
vehículos todoterreno se pararon enfrente de la cafetería. Era
momento de marcharse así que apuramos nuestras bebidas y salimos fuera
del local. El frío cortaba la piel. Los ayudantes de vuelo nos
trasladaron a todo el pasaje hasta una explanada situada cerca del
Albaicin, la parte vieja de Granada. Allí tres personas se
afanaban en prepararlo todo. Nuestra ayuda fue providencial.
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El calentador
dió vida a la enorme vela y el aire caliente nos fue empujando poco a
poco hacia el cielo azul. Conforme íbamos ganando altura pudimos
contemplar el caótico paisaje urbano de la parte vieja de la ciudad. El
barrio del Albaicin y del Sacromonte se encuentran situados en la
ladera de una colina, decenas de pequeñas casas blancas se acumulan en
una extensión muy pequeña, las calles y callejuelas serpentean de
un lado para otro, curvas cerradas, cuestas inverosímiles, rincones
oscuros y a cada paso, el colorido del naranjo, las bouganvillas, las palmeras
y los jazmines. |
Muy
lentamente, impulsado por la mano del viento, sobrevolamos el Generalife
y la Alhambra siguiendo un rumbo sur, suroeste. Pasamos muy cerca, tanto
que la barquilla del globo acarició la copa de los arboles que crecen en
los cortados que hay junto a ambas construcciones. Esta proximidad nos
permitió disfrutar, con todo detalle, de la belleza de estos
palacios-fortalezas, residencia de sucesivos monarcas nazaríes y cuya
construcción data de los siglos XIII y XIV. Personalmente me
cautivó la extraordinaria belleza de los jardines que rodean las
edificaciones. |
Tras la estela
invisible de nuestro globo se fué quedando el casco antiguo de
Granada, ahora ante nuestros ojos, apareció la parte más
moderna de la ciudad. Las calles se ensancharon, algunas hasta convertirse en
grandes avenidas. Abajo, el trasiego de vehículos y personas recuperaba
su volumen normal; habíamos vuelto al siglo XXI. Sin embargo, antes de
tomar tierra, sobrevolamos algunos reductos históricos; la Iglesia de
Santa Ana, El Bañuelo, la Casa del Castril, la
Catedral, la Capilla Real, la Alcaicería y el
Palacio de la Madraza, entre otros muchos sitios. Quince minutos
más tarde aterrizamos a las afueras de la ciudad, junto al Rio
Genil. Allí degustamos un suculento almuerzo a base de productos de
la tierra. A lo lejos Sierra Nevada resplandecía bajo el sol.
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Nicolas |
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